Un club berlinés o la búsqueda radical del placer



El bajo se me mete en las entrañas, me llega de seis lugares diferentes, me rebota en la cabeza, en el corazón, me abruma, no puedo respirar si no es al ritmo que marca, el descompás se traza imposible. Estoy en el corazón bombeante del planeta. Una masa de cuerpos resbaladizos se restriega contra mí. Sudor, pelo, y el frío de los arneses. Al fondo una tarima con un frenético DJ sintiéndose el rey del mundo. «Es el capo del lugar», me aclaran mientras me intento orientar en este entramado de carne, rostros zombies, cemento y escaleras de metal. Y lo es, es el rey del universo del hedonismo extremo, de la búsqueda más pura del placer en la locura masiva de entumecer todos los sentidos para llegar a nosotros mismos, y a la vez lo contrario, la estimulación radical de la sensorialidad para no escucharnos, ni olernos, ni existir.

Los cuerpos se derraman por la oscuridad azul, parece una guerra voluntaria en la que todos libran batallas contra sí mismos. Una mujer baila sola en una esquina. Torso desnudo, botas militares, pelo largo rubio. No puedo verle el rostro, mira hacia abajo y lucha colérica con los puños. ¿Contra quién?, ¿contra ella?, ¿contra el mundo? He dejado de buscar sentido en las interacciones porque no lo tienen, todo es etéreo. No logro cruzar miradas con nadie, las miradas me traspasan porque miran más allá, a un mundo particular e incompartible que, paradójicamente, todos hemos venido a poner en común.

En una especie de misa, los cuerpos se mecen en dirección al DJ, todos al tiempo, ninguno igual. Es un balanceo extraño, parecen estar sujetos por los hombros con cuerdas que cuelgan del techo y que alguien maneja desde lo alto con una cruceta de marioneta. Desde una pasarela de metal elevada observo la masa como si fuera mi propia creación en siete días a la que acabo de accionar y que está descubriendo como loca el abanico de movimientos que el cuerpo ofrece, sumidos todos ellos en el éxtasis de líquidos en cuentagotas, polvos blancos y pastillas azules.

Dos hombres altos y anchos se besan con desesperación, como si ese otro cuerpo fuera su bote salvavidas en esta deriva colectiva. Se restriegan las caras mientras se las sujetan con manos fornidas y tensas, se abrazan como huyendo de la dolorosa soledad existencial que todos sufrimos irremediablemente de piel para dentro y a la cual no se quieren resignar. Siguen bailando y al rato, en la maraña de cuerpos, pausan el ritmo, que ya no es el de la música sino el de su pulsión, se sacan las pollas y se las empiezan a rozar en un gesto más infantil que sexual, pese a los arneses, los calzoncillos de cuero y el pelo abundante de la espalda, pese a las sustancias ilegales que están sudando. Se las rozan y se las observan quietos, como niños pequeños que empiezan a descubrir el placer. Me enternecen. A nadie más parece interesarle, de vez en cuando reciben un codazo de otro cuerpo danzante que los desestabiliza y los obliga a sujetarse el uno al otro para continuar con su particular ritual de apareamiento.

En un columpio gigante, dos cuerpos están caídos en combate. Uno le habla al otro y le acaricia la oreja con gesto tranquilizador. El otro, tumbado y con la cabeza en el regazo de su compañero, mira al vacío de este techo del que no se ve el final. Justo enfrente, unos ventanales sin persianas me recuerdan que ahí fuera la ficción de la vida no se esfumó y continúa su teatro. Porque aquello no es real, lo real es esto, son esas mujeres atractivas de ojeras violetas esnifando speed sobre un sofá de falso cuero a las que un señor de pecho rasurado y barriga cervecera observa desde un rincón mientras se masturba con el pantalón puesto. Es esa conversación frívola y a la vez tan transcendental que están teniendo a mi lado dos cuerpos que se acaban de conocer, dos miradas que no se cruzan, que se traspasan porque en realidad están mirando más allá y se están hablando a sí mismos.

En la barra casi nadie pide alcohol, alguna cerveza y poco más. Tantas sustancias que el alcohol dejó de existir. Lo urgente es el agua, decenas de lenguas pastosas gimen Wasser, Wasser, Wasser. Se reclinan sobre la barra intentando captar la atención de las camareras, aunque intuyo que más bien desearían agarrarlas del brazo y rogarles clemencia. Yo espero paciente y las observo, me transmiten calma, son las únicas que me cruzan una mirada con propósito y sentido. Los baños, iluminados con bombillas desnudas, con luz del mundo de ahí fuera, son un golpe a los ojos que me saca del limbo. Pero la guerra colectiva prosigue. Cola infinita en los baños. Siempre en grupo. «Métete en este baño sin puerta, es para que la gente no se meta a drogarse y podamos mear las tías, yo te tapo». Me agacho, ella me tapa, o lo intenta, pues su escuálida figura no cubre suficiente. Pero da igual porque nadie me mira. Todos los ojos se clavan ansiosos en los baños con puerta, de los que salen uno, dos, tres, cuatro cuerpos de mirada brillante y sonrisa frenética mientras sorben para recolocarse la nariz.

El tiempo no pasa en esta oscuridad azul. Bailo y bailo y me fusiono con la masa de cuerpos resbaladizos, ya no sé si el sudor que me chorrea y me moja la ropa es mío. No identifico mi olor corporal. No veo al DJ ni a nadie a mi alrededor. Si levanto los pies no me caigo, floto. Me inunda un calor que me sale del vientre y se me extiende hasta las manos, hasta las uñas de los dedos. Siento cada vello de mi cuerpo erizarse, cada milímetro de piel palpitando al ritmo del bajo en este epicentro del hedonismo, en este secreto guardado en la misteriosa oscuridad de un edificio de cemento sin salida. Solo cobro consciencia de la ficción que continúa fuera cuando las persianas se abren por unos segundos y el sol me ciega, nos ciega a todos los cuerpos y nos saca de nuestra huida, o de nuestro encuentro. Luego se cierran y la cueva regresa a su siniestro latido de metal y sudor.

Salgo y no sé qué hacer, nada tiene sentido, ¿quién era yo antes de esto? ¿Qué solía hacer cuando no hacía esto? No puedo andar, no sé adónde ir. Me siento junto a otros cuerpos de ojos cegados por la luz natural que, ahora sí, me miran y ya no me traspasan, me reconocen. Es la paz tras la tormenta. Me doy cuenta de que tengo hambre y frío. Recuerdo dónde vivo, cómo volver a mi casa. Recuerdo que mañana, ¿o quizá sea hoy?, tengo que ir a trabajar. La ficción continúa impasible y se me viene encima. Miro el móvil para saber en qué hora está jugando el teatro de la vida. Volteo la cabeza buscando desesperadamente una realidad a la que pertenecer y solo veo una mole de cemento que palpita con un sonido ensordecedor.

De camino a casa observo a la gente normal haciendo cosas normales. Una señora en chándal saca su perro a pasear, un hombre joven y guapo va con su hijo en bicicleta, dos adolescentes sentadas en un banco se hacen selfies, una pareja discute con un croissant y un café en la mano. El huerto vecinal sigue muriendo ante la inevitable llegada del otoño. La ficción de la vida prosigue su camino inexorable, y todos parecen jugar su papel en ella. Yo no entiendo nada mientras subo los cuatro pisos que me llevan a mi casa. No entiendo nada mientras me desnudo y me tumbo en el sofá. No entiendo nada mientras me enciendo el último cigarrillo de esta noche-día. No entiendo nada mientras cierro los ojos. Y en este silencio absoluto escucho un pitido en los oídos, un pitido que prueba que tuve algo real, algo verdaderamente tangible: la búsqueda radical del placer.




* Ambas imágenes son cuadros de El Bosco.

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