Poligamia, amor y los límites del yo

Poligamia o la ley del embudo

A estas alturas del 2016 aún no me está permitido dejar caer en vaso roto eso que, no sin cierta cursilería, algunos llaman “propósitos para el año nuevo”. Uno de los pocos buenos propósitos que me he marcado es el de no repetir viejos errores del pasado. Concretamente pretendo reflexionar, de la manera más consciente posible, acerca de mis propios actos, sobre todo en lo que a sentimentalidad, sexualidad y egocentrismo se refiere.

Pero antes es preciso pasar una breve revista a algunas de las novedades más importantes de estos primeros dos meses de 2016. Veamos: he salido de una relación tormentosa (bien), para meterme de lleno en otra, mucho más satisfactoria, al menos de momento. Prefiero ignorar en este punto mis tendencias “tarzanísticas”: sigo saltando de liana en liana, enlazando relaciones sentimentales sin dejar siquiera un breve respiro entre una y otra (mal). Ahora que lo pienso, éste es otro de esos errores del pasado que debería remendar, pero todavía queda mucho año por delante…

Rememorando el primer encuentro de esta relación incipiente, me veo a mi misma, cigarrillo en mano, compartiendo la mesa del fondo de un bar de inspiración francesa. Se trata de un pequeño local que afortunadamente parece haber pasado inadvertido hasta la fecha a las hordas de turistas yankis que transitan la Simon-Dach Straβe. Recuerdo haberle hablado durante aquella cita de mi relación abierta con total desparpajo, de las ventajas del amor libre y, de paso, haber criticado el ideal de amor romántico burgués. Feminismo de manual, nivel usuario.

Nada me hacía presagiar (otro propósito: hacerme mirar la miopía) que poco después me enamoraría perdidamente de él y debería tragarme mis propias palabras, como ya sucediera en mi anterior relación. Entonces hube de derramar lágrimas cuando, a los pocos meses de empezar el romance, descubrí sus múltiples escarceos. Aparentemente, no habíamos aclarado la cláusula sobre exclusividad y todos los indicios apuntaban a una liberación sexual por mi parte que no era tal. Eso me pasa por hablar.

Pues bien, ahora estoy de nuevo en las mismas. En un tiempo récord, me he dejado llevar por mi tendencia innata al sentimentalismo y debo lidiar otra vez con un corazón romántico[1] (el mío) y  una predilección por la poligamia (la suya). Las lágrimas, cómo no, parecen estar de nuevo aseguradas. Aunque quizá aún esté a tiempo de evitarme el papelón y, ya que estamos, aplicarme el cuento (feminista[2]). Reconozco que la tarea me supera, pero esta vez al menos soy consciente del panorama. Puede parecer poca cosa, pero para estar a finales de febrero es un gran paso.

[1] Con toda la carga burguesa del término
[2] El feminismo sin carga burguesa, a poder ser


Poligamia o el hachazo al ego

Ya que le he cogido el gustillo a esto de pasar revista a algunos de los highlights de mis experiencias ego-sentimentales-eróticas de los últimos meses (y ya que este zapato ortopédico que arrastro cual grillete me deja bastante más tiempo libre para la reflexión del que dispongo normalmente), sigo dándole vueltas a esto de la poligamia. Parece que toda feminista que se precie está obligada a confrontarse con el tema antes o después. Cuando es la propia libertad sexual la que está en juego, el posicionamiento parece fácil: claramente a favor. ¿Pero qué sucede cuando se trata de la libertad sexual de lxs otrxs, o mejor dicho, de aquel/la al que nos une una pasión sentimental? Entonces la respuesta puede tornarse complicada, si bien no en la teoría, sí en la práctica.

A finales de diciembre del año pasado conocí un tipo en un bar de Neukölln. Yo había asistido a un concierto de música Balkan, género en auge en esta ciudad desde hace ya algún tiempo. Él era el guitarrista del grupo, un personaje curioso de unos cuarenta y tantos y de belleza dudosa. Aprovechando que su amigo, mucho más bello, no parecía seguirme el juego, apostó por mí esa noche y, pocos días más tarde fumábamos canutos desnudos sobre su colchón a ras de suelo.

Mi complicada relación amorosa daba los últimos coletazos, en un claro ejemplo de lo que comúnmente se conoce como “morir matando”. Una relación dramática y autodestructiva que ninguno de los dos teníamos la fuerza necesaria para concluir de una vez por todas. Y en medio de tal vorágine de reproches, sentimientos de culpa y celos, la levedad que me ofrecía ese colchón en el suelo se me hacía irresistible. Y ciertamente no opuse resistencia.

Estaba claro para los dos de qué iba lo nuestro: su piel por la mía. Nada más, o nada menos. Lo que yo no sospechaba era la inminente fecha de caducidad de nuestro idilio. Él volvería a Sofía mientras yo pasaba las vacaciones de Navidad fuera de Berlín. Tuvimos, a pesar de todo, ocasión de divertirnos mientras duró y la noche después de nuestro primer polvo cósmico, compartíamos colchón entre tres: él, yo y su amigo el bello. Pocos orgasmos después del primero, yo saltaba de su cama, literalmente, para no perder la U-Bahn aquella noche. Fue la última.

Supe después que su amigo y él siguieron la fiesta en mi ausencia, faltaría más. Siguieron sonrisas parecidas a las nuestras, como los besos y los cuerpos desnudos se parecen. La noticia no me sorprendió, mucho menos me hirió. No tenía motivos para hacerlo. Pero sí que me resultó esclarecedora, como lo fue la experiencia en su conjunto: en la poligamia, como en la vida, cada una de nosotros es uno entre tantas. Nada más, o nada menos. Aceptarlo o no depende de una misma, y requiere de cierto ejercicio de humildad. Puede llegar incluso a ser dolorosa, casi un hachazo al propio ego, tanto más cuanto mayor sea éste y cuanto más fuertes sean nuestros niveles de amor romántico en sangre.

Como digo, de aquella experiencia salí ilesa, quizá por lo breve, quizá por lo leve. Me pregunto si podría decir lo mismo de haber incurrido en el vicio del sentimentalismo, ese que ahora me ronda. Puede que el pecado no sea la carne, sino la posesión que ésta puede llegar a despertar y que en nuestro lenguaje a veces llamamos amor.

Artículo publicado por Exabrupta.

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