Idealización y referentes

¿Necesitamos los seres humanos modelos a quienes imitar? Aunque así expresado parece exagerado, sí creo que habita en nostrxs una tendencia a idealizar a otra gente y que la vida sin referentes puede llegar a resultar francamente intransitable. Y mientras lo segundo me parece positivo, estoy cada vez más seguro de la dinámica tan negativa que puede conllevar lo primero. Me explico.

Tener referentes en los que mirarse implica una relación de admiración constructiva, en la que yo veo cómo se comporta una persona, qué cosas ha hecho o hace y me siento inspiradx para intentar alcanzar mis propias metas o desarrollarme con la misma libertad personal que percibo en el objeto de mi admiración. Es una admiración serena, creadora y contagiosa. Veo a alguien creando arte, y quiero crearlo yo también. Veo a alguien rigiéndose por su propia moral, y quiero elevarme y hacerlo yo también. Veo a alguien combatir la injusticia y quiero ser participe de su lucha o de otra que a mi más me duela también. Es una relación entre iguales que provoca movimiento.

La idealización, por el contrario, es paralizante. Es tanta la admiración que se siente por el sujeto idealizado, tantas las expectativas en él depositadas, que resulta imposible verse reflejadx y construir algo a partir de ahí, pues se descarga todo el peso de la acción en él y se espera que solucione nuestros problemas, cree el arte que queremos ver o libre las batallas que somos demasiado perezosxs como para dar. Es una relación jerárquica en la que, a cambio de nuestra admiración y fidelidad por el sujeto admirado, le es exigida una perfección sin fisuras y la total ausencia de contradicciones, cuando son nuestras contradicciones las que nos definen. Es, además, una relación perversa, pues cuando el mito cae, y siempre tarde o temprano cae, la decepción es inmensa y furiosa. Como estatua que cae de pedestal demasiado alto, podría sobrevivir al impacto de la caída sin demasiados daños, pero nunca lo hará del mazo de hierro con el que sus hasta entonces acólitxs la golpearán una vez en el suelo.

Las personas que alcanzan notoriedad en algún ámbito y son objeto de adulación y admiración, si son sabias, saben contener su ego y, ya sea exponiendo sus defectos o revolviéndose de alguna otra manera del intento de situarlas en un nivel superior, se cuidan muy mucho de permitir que se las idealice. Manuela Carmena o Ada Colau serían un ejemplo paradigmático de esto, pero también encuentro ecos de ello en el colérico “pues déjeme de admirar” del célebre vídeo de “¡A la mierda!” que Fernando Fernán Gómez le espetó a un dolido admirador.

Igual que debemos “matar al padre” para tener un desarrollo psicológico adecuado, unx debería hacer caso de una de las máximas del punk y “matar a sus ídolos” también.

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