Sobre el duelo

Lector como soy de artículos que proponen nuevas formas feministas de plantear las relaciones de pareja, afrontar el duelo de una ruptura sentimental o lidiar con los sentimientos menos nobles que a veces llevan aparejadas (celos, sentimiento de dependencia, dinámicas de dominación, etc), no puedo evitar leerlos con la alegría amarga de quien los siente como ciertos pero no puede evitar terminarlos y pensar “y sin embargo…”.

Sí, porque lo que esos artículos dicen es cierto, lo percibo íntimamente como cierto. Apelan a una concepción de las relaciones humanas y a una moral que siento como mía, a una ética que quiero hacer motor de mi vida.

Es ésta una lucha constante contra factores de todo tipo, factores que van desde una cultura heredada que fija como meta un modelo de pareja muy concreto y limitado, hasta la propia repugnancia a pasarse de frenada y convertirse en una especie de místico-charlatán a lo Jodorowsky. Es, en definitiva, una lucha agotadora por momentos, en la que se pierde no pocas veces (quizás no de cara al exterior, pero si interiormente, cuando te sientes un farsante al recaer en celos que se creían ya superados o al volver a apuntalar tu ego en base a la narración ante un publico entregado de tu última proeza de macho alfa) pero que, sin embargo, y esto es para mi muy importante, te aporta la íntima satisfacción de saber que estas viviendo tu vida a tu manera.

Pero perdonar, divago. De lo que quería hablaros hoy era de otra cosa. Era de ese ” y sin embargo…” de resonancias copérnicas.

Yo de lo que quería hablar es de que termina tu relación de pareja (pareja definida ad-hoc de forma consensuada a través de muchas conversación y algo de esfuerzo en lo que ha supuesto tu experiencia más cercana a lo que quieres que sean tus relaciones sentimentales) y lo que sientes es un intenso, intensísimo dolor. Un dolor de pérdida mundano, exactamente como el que siente todo el mundo. Un dolor nada teórico que intentas atajar releyendo los brillantes artículos de Coral Herrera que te hablan de convertir las vivencias compartidas como pareja en una fuente de intimidades con las que enriquecer y aportar nuevas dimensiones a la naciente relación de amistad. Que te hablan de las relaciones entre las personas como un flujo continuo y cambiante en el que las intimidades, las cercanías y las afinidades van mutando. Un flujo en el que términos como “pareja” y “amistad” son solo categorías que te ayudan a explicarte con el mundo y no alambre de espino que cerca la vida en bloques estancos.

Relees estos artículos, decía, y te sientes mejor, quizás incluso esbozas una sonrisa pensando que, en esos momentos de desamparo, al menos hay un objetivo al que dirigirse. Y tener objetivos es importante, porque en cierta forma ayuda a llenar el espacio que sientes que esa persona ha dejado. “Y sin embargo…”

Han pasado meses desde mi proceso de asimilación de ruptura y ahora una persona cercana a mi vuelve a sentir esa soledad que yo sentí. Y me siento obligado a volcar en un texto las cosas que pensé, aquellas que me hicieron sentir mejor y que me permitieron volver a recuperar el equilibrio perdido. Lo hago sabiendo que no son una pócima mágica que hará que mi amigo deje de sentir el dolor que ahora siente porque eso no existe y sí el “y sin embargo…” del que hablaba antes.

Es por ello que solo esas pueden ser mis primeras palabras; respeto tu dolor. Es real, es auténtico y tienes motivos para sentirlo, no te voy a pedir que te olvides de él.

Tampoco voy a decirte que “hay más peces en el mar”. Esa frase puede ser bienintencionada pero resulta dolorosa porque ofende tu percepción de la persona querida como ser singular que aportaba cosas concretas e irrepetibles a tu vida y no un ser intercambiable que durante cierto tiempo ejerció el papel de “pareja”.

No te voy a sugerir que olvides eso. Al contrario, me parece importante recordarlo e intentar transformar ese dolor que sientes en gratitud. Gratitud hacia esa persona por haber estado en tu vida, más o menos tiempo, aportándote cariño y vivencias. Lo que sí creo que es saludable es que intentes poner en perspectiva las cosas que te aportaba y te preguntes cuales eran consustanciales a ella y cuales formaban parte de esa fantasía que todxs nos creamos con respecto a tener pareja. Que recuerdes que hay cosas, muestras de afecto, compañías, etc que son muchas las personas que te las pueden y van a proporcionar.

Al hilo de todo esto, me vienen a la cabeza varias de las cosas de las que ya hemos hablado por teléfono y en persona, como la necesidad que sentimos de encontrarle una lógica a la ruptura, aunque probablemente no sea el mejor momento para ello y lo más sabio sea aceptar la explicación menos dolorosa hasta que, con el tiempo, podamos considerar otras explicaciones más críticas, de enfrentarse con el orgullo herido, quizás no el más noble de los sentimientos a sentir, pero inevitable en esos momentos, o de darle espacio a los pensamientos tristes para no permitir que se enquisten pero al mismo tiempo tener siempre a mano una salida de emergencia en forma de quedada con amigxs o comida con los padres. Me vienen esos y otros pensamientos a la cabeza, pero el “y sin embargo…” planea sobre todos ellos de forma constante y yo estoy ya saturado de palabras. De palabras y de consejos de dudosa utilidad cuando lo que hay es un dolor del que solo se puede desprender unx mismx poco a poco, con momentos de encontrarse mejor y otros de recaída. Es por ello que cierro este texto aquí, con un lugar común, el tiempo todo lo cura, pero expresado de forma mucho más bella y profunda.

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