Bailando sobre el patriarcado

Si, como hombre, digo que el patriarcado me oprime, os llevaréis las manos a la cabeza… y haréis bien. No, el patriarcado no me oprime si no que, en tanto en cuanto hombre blanco heterosexual, me beneficia. Mucho.
Pero sí que es cierto que para otorgarme esos privilegios me exige a cambio que me atenga a un molde muy concreto de lo que debe ser un hombre.
En ese molde masculino, un intangible no escrito en ninguna parte pero que impregna todos los aspectos de nuestra vida y cultura, se regula, entre otras muchas cosas que seguro irán apareciendo en BITHC más adelante, el tema que hoy nos ocupa. Esto es, el baile. Y el veredicto es claro; los hombres de verdad, no bailan.
Para hacer esta frase más atractiva y que no sea rápidamente descartada con la incredulidad y desprecio que unas cejas bien enarcadas pueden transmitir, lo habitual es encubrirla con frases ocurrentes, explicaciones ingeniosas y un largo etcétera de justificaciones que seguro podéis encontrar en revistas para hombres “que se visten por los pies” rollo GQ. Todo un decálogo de aforismos nivel Twitter luchando denodadamente para no afrontar la verdad; el baile puede suponer una exposición emocional inasumible para el quebradizo ego masculino. Y es que cuando alguien baila, cuando baila de verdad (los bailes regionales los entiendo como coreografías), las caretas se caen y la naturaleza de la persona queda revelada.
¿De verdad?
Hermione, atendiendo a tus sesudas reflexiones sobre por qué un hombre de verdad no baila

Por los motivos antes explicados durante muchos años este mensaje caló en mí y en las contadas veces que fui a discotecas me limité a seguir el ritmo con el pie derecho mirando con aire displicente a la gente que bailaba mientras esperaba que alguna mujer apreciara mi pose de hombre impertérrito y se acercara a mí (spoiler; no ocurrió).

Osea que sí, he estado ahí, sé lo que es eso y ¿sabéis qué? bailar es más divertido, mucho más divertido. Aunque se baile mal. Aunque se haga el ridículo. Aunque se tenga el ritmo y la flexibilidad de un C3P2.

No me tengo por buen bailarín. Soy muy consciente que bailando me asemejo al Pacino de Cruising (miradas con vicio de maricas sorprendidas incluidas, por otra parte) y no al Travolta de Fiebre del sábado noche. Pero no importa, no se trata de eso. Se trata de pasarlo bien, de sentirse sensual y de sentirse libre, de quitarse tabúes.

Y es que yo ya estoy en un punto que, como dijo Emma Goldman “si no puedo bailar, tu revolución no me interesa”.

Lo que June Fernandez explicó que significaba el reguetón para ella, lo es el baile en sus diferentes formas para mí. Ya sea en los clubs de electrónica, movido por vibraciones rebosantes de sensualidad y visible solo durante los flashes de las luces, en los conciertos de heavy, recogiendo el lúdico mensaje que Rob Halford dejó en Love Bites [min 4:30], o en mis clases y noches de swing, disfrutando del contacto no (siempre) sexual de mi pareja de baile.

Se que no estoy inventando la rueda y que el baile ha existido desde siempre y con él hombres heterosexuales que lo han practicado. Lo último que quiero es, como a veces creo percibir en determinados textos, coger un concepto antiguo, revestirlo de teoría feminista y hacerlo pasar por nuevo.  Aunque crea que el baile, con su entropía, ataca a la linea de flotación de lo encorsetado y lo rígido de nuestro día a día, de lo que deben ser nuestros movimiento y cómo debemos comportarnos, este texto no va de eso.

Va de algo tan simple como recordarnos que dejar que el cuerpo siga el ritmo de una música sin pensar en nada ni nadie es profundamente liberador.

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